Han pasado pocos días desde que te escribí en Villafranca pero una larga distancia he recorrido desde entonces.
En aquel momento me quedaban casi 200 kilómetros para llegar a mi destino; hoy solo restan veinte.
Por fortuna el clima nos ha respetado muchísimo y no ha llovido ni un solo día, aunque a veces nos ha tocado caminar entre la niebla.
Hay un momento muy especial en el camino, o al menos para mí lo fue: la entrada a Galicia.
Aquí estoy con Adán, el chicharrero.
Para llegar aquí subimos O Cebreiro envueltos en niebla.
Magia es la única palabra que puede definir Galicia y sus bosques. Magia.
Ah! Por cierto, me he metido a campanera en una iglesia. Mira, mira...
En el alto del Poio hay un bar colocado estratégicamente, ahí estábamos bebiendo Coca-Cola con la lengua fuera cuando llegó Felipe. Una gran sorpresa que nos hizo mucha ilusión, esa noche en Triacastela sobre las siete y media de la tarde aparecieron en el albergue Roberta, Damián y Claudia. Abrazos, besos, saltos... ¡Qué ilusión!
Hoy ya nos han adelantado porque querían llegar a Santiago. Mañana nos esperan allí...
Bueno mami ya esto va acabando...
Mañana...¡Santiago de Compostela!




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